Las redes sociales llegaron para quedarse. Ya forman parte de la vida cotidiana de millones de jóvenes, y durante los últimos años ha aumentado la preocupación por su influencia sobre niños y adolescentes.
Recientemente, Meta llegó a un acuerdo con varios estados de Estados Unidos relacionado con acusaciones sobre los efectos de sus plataformas en los menores. Más allá de las cifras, las regulaciones o las responsabilidades de las grandes compañías tecnológicas, hay una pregunta que merece nuestra atención:
¿Quién está formando realmente a nuestros hijos?
Durante generaciones, los padres entendían que educar a un hijo significaba mucho más que alimentarlo, vestirlo y enviarlo a la escuela. Significaba transmitirle valores, enseñarle a distinguir entre el bien y el mal y ayudarlo a construir un carácter.
Hoy, una parte importante de esa formación ocurre frente a una pantalla.
Un adolescente puede pasar horas escuchando a desconocidos que jamás ha conocido personalmente. Puede recibir diariamente cientos de mensajes sobre cómo debe vestir, pensar, hablar, relacionarse y hasta qué debe considerar importante.
Y aquí aparece una responsabilidad que ninguna aplicación puede asumir por nosotros.
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos” (Deuteronomio 6:6-7)

Jesús dice: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” (Mateo 19:14)
Cristo no veía a los niños como una responsabilidad secundaria. Les dio un lugar especial.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente cuánto tiempo pasan nuestros hijos en las redes sociales. También deberíamos preguntarnos ¿Cuánto tiempo estamos nosotros formando su corazón?
No podemos pedirle al algoritmo que enseñe a nuestros hijos lo que nosotros hemos dejado de enseñarles.
La tecnología puede informar, pero solamente Cristo puede transformar el corazón.
Nuestros hijos necesitan conocimiento, pero también necesitan sabiduría. Necesitan educación, pero con dirección. Necesitan tecnología, pero sobre todo necesitan conocer a Aquel que dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.” (Juan 14:6)

La responsabilidad comienza en casa. Porque al final, la pregunta más importante no será qué aplicación utilizaban nuestros hijos, sino qué valores quedaron grabados en sus corazones.
Y como cristianos debemos recordar que Podemos darles a nuestros hijos muchas cosas. Pero si les damos todo menos a Cristo, al final no les estamos dando NADA.